Antes de abrir un balance o un informe de due diligence, antes de calcular un EBITDA normalizado o un múltiplo de valoración, hay un momento que determina más que cualquier otro mi interés por una empresa: la primera visita.
No es una visita técnica. Es una visita sensorial e intuitiva, donde busco señales que los números no pueden transmitir. Después de más de ciento cincuenta primeras visitas, he desarrollado un repertorio de observaciones que comparto aquí con la esperanza de que resulte útil tanto a empresarios que se preparan para recibir a un inversor como a inversores que están empezando.
Antes de llegar
La preparación empieza antes de pisar la empresa. Leo todo lo que hay disponible: la web de la empresa, las reseñas de clientes, los perfiles de LinkedIn del equipo directivo, las noticias del sector, los registros mercantiles. Llego con una imagen mental de lo que espero encontrar. Y luego observo las discrepancias entre esa imagen y la realidad.
El entorno físico
Lo primero que observo es el entorno físico. No busco oficinas de diseño ni recepción con cascada. Busco señales de orden, de cuidado, de atención al detalle.
¿Las instalaciones están limpias y ordenadas? Un almacén ordenado indica disciplina operativa. Un almacén caótico indica problemas de procesos.
¿El equipamiento está mantenido? Las máquinas con grasa acumulada, los vehículos con abolladuras sin reparar, los sistemas informáticos obsoletos — todo esto indica falta de inversión en mantenimiento.
¿Hay señalización de seguridad? ¿Los empleados usan equipos de protección? Las empresas que cuidan la seguridad laboral suelen cuidar todo lo demás.
¿Cómo es la zona de trabajo del equipo de oficina? ¿Hay papeles amontonados o escritorios organizados? ¿Los sistemas informáticos son modernos o tienen pantallas de hace quince años?
Estas observaciones no son determinantes por sí solas, pero forman un cuadro que correlaciona fuertemente con la calidad de la gestión.
Las personas
Lo segundo que observo — y lo más importante — son las personas.
¿Cómo me recibe el fundador? ¿Con orgullo por su empresa? ¿Con transparencia? ¿Con nerviosismo? La actitud del fundador en la primera visita dice mucho sobre su disposición hacia el proceso y sobre su relación con la empresa.
¿Me presenta al equipo? Un fundador que me lleva por las instalaciones y me presenta a los empleados por su nombre demuestra una relación cercana con su equipo. Un fundador que me lleva directamente a la sala de reuniones sin enseñarme nada puede estar ocultando algo o simplemente no considerar el equipo como un activo mostrable.
¿Cómo se comportan los empleados? ¿Están activos o parecen desocupados? ¿Saludan con naturalidad o evitan el contacto visual? ¿Hay un ambiente de trabajo dinámico o una atmósfera de apatía?
¿Hay mandos intermedios visibles? Si el fundador me presenta a un jefe de almacén que lleva veinte años en la empresa, a un jefe de producción que conoce cada máquina, a un responsable comercial que gestiona los clientes principales, estoy viendo el germen de un equipo directivo. Si no hay mandos intermedios visibles, estoy viendo una empresa unipersonal disfrazada.
Las preguntas que hago
En la primera visita, hago pocas preguntas técnicas. No es el momento de hablar de EBITDA ni de valoración. Es el momento de entender el negocio desde la perspectiva del empresario.
“¿Cómo empezó todo esto?” — La historia de la empresa revela los valores del fundador, las crisis superadas, las decisiones que marcaron el rumbo.
“¿Qué es lo que mejor hace su empresa?” — La respuesta revela si el fundador conoce su ventaja competitiva o si cree que todo lo hace bien (señal de falta de autocrítica).
“¿Qué le quita el sueño?” — La respuesta revela los problemas reales, no los que aparecen en las presentaciones.
“¿Quién se haría cargo si usted no pudiera venir mañana?” — La respuesta revela el grado de dependencia del fundador.
“¿A qué competidor admira?” — La respuesta revela el nivel de conocimiento del mercado y la humildad del fundador para reconocer virtudes en otros.
Las señales que me entusiasman
Hay señales que, cuando las encuentro, me indican que probablemente estoy ante una buena oportunidad.
Un fundador que hable con orgullo pero también con honestidad sobre las limitaciones de su empresa. Un equipo que muestra cohesión y competencia. Unas instalaciones que reflejan inversión sostenida. Clientes que llevan años trabajando con la empresa. Un producto o servicio que tiene una ventaja competitiva clara, aunque sea modesta.
Las señales que me preocupan
Y hay señales que me hacen retroceder.
Un fundador que solo habla de lo bien que va todo sin reconocer ningún problema. Instalaciones deterioradas que sugieren años de desinversión. Empleados que parecen tensos o desmotivados. Una dependencia total del fundador para cualquier decisión. Ausencia de sistemas de información básicos.
Ninguna de estas señales es, por sí sola, motivo para descartarla. Pero la acumulación de señales negativas configura un patrón que los números confirmarán después.
La primera visita como inicio de relación
La primera visita no es un examen. Es el inicio de una relación. El empresario me está evaluando tanto como yo lo evalúo a él. Y la confianza — o la falta de ella — que se establece en esas primeras horas condiciona todo el proceso posterior.
Por eso intento que la primera visita sea una conversación, no un interrogatorio. Escucho más de lo que hablo. Pregunto con curiosidad genuina, no con suspicacia. Y me intereso por la empresa como lo que es: la obra de una vida que merece respeto, independientemente de si finalmente la compramos o no.
Dirk Manuel Martens Jiménez
Fundador, Blue Mountain Capital
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Véase también: Cómo estructuramos una adquisición: paso a paso.