Recuerdo la primera empresa que compré. Tenía veintitrés años, un traje que me quedaba grande y la certeza absoluta de que sabía lo que hacía. No lo sabía. Lo que sí tenía era algo que con el tiempo he aprendido a valorar más que cualquier modelo financiero: la capacidad de sentarme frente a alguien que ha dedicado su vida a un negocio y escuchar lo que realmente le preocupa. No la valoración. No los múltiplos. Lo que pasa con su gente cuando él ya no esté.
Han pasado dieciséis años desde entonces. He participado en más de doscientas transacciones, he gestionado reestructuraciones que me han quitado el sueño y he sentado a familias que llevaban meses sin hablarse en la misma mesa. He aprendido que cada empresa tiene una historia que no aparece en el balance. Que las decisiones que transforman un negocio se toman en un despacho a las ocho de la tarde, no en una presentación con diapositivas. Y que la confianza no se compra con una oferta alta, sino con el tiempo que dedicas a entender lo que el otro no dice.
Blue Mountain existe porque el capital que yo hubiera querido encontrar cuando empecé no existía en España. Capital sin prisa, sin comités, con alguien al otro lado del teléfono que conoce su sector, su problema y su nombre. Eso es lo que ofrezco. No es poco, pero tampoco lo es la decisión que usted está considerando.
Si está pensando en el futuro de su empresa, o simplemente quiere una conversación franca con alguien que ha estado donde usted está, me gustaría conocerle. Sin compromiso, sin reloj, sin intermediarios.