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Perspectivas Publicado el 14 de agosto de 2024 8 min de lectura

El inversor sin plazo de desinversión: por qué el reloj importa más que el capital

La mayoría de los inversores tienen una fecha de salida desde el día que entran. Eso cambia todo: sus decisiones, sus prioridades y lo que le ocurrirá a su empresa en el año cinco. Explicamos por qué el horizonte temporal es la variable más importante al elegir socio.

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Blue Mountain Capital

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Blue Mountain Capital | | 8 min de lectura

Cuando un empresario me pregunta qué diferencia a Blue Mountain de un fondo de private equity, podría hablar de estructuras, de equipos, de sectores. Pero la respuesta más honesta es más simple: nosotros no tenemos un reloj.

Un fondo de private equity tiene, desde el primer día de inversión, una presión implícita — y a veces contractual — para desinvertir. Sus inversores han comprometido capital por un plazo determinado y esperan recuperarlo con rentabilidad. Eso crea una dinámica que lo impregna todo: las decisiones de gestión, las inversiones que se hacen y las que no, las conversaciones sobre el futuro de la empresa, y en última instancia, el destino de lo que el fundador construyó durante décadas.

No digo que sea malo. Digo que es diferente. Y que para cierto tipo de empresas — especialmente las familiares con cultura profunda, relaciones largas con clientes y equipos que llevan años juntos — esa diferencia es determinante.

Cómo funciona el reloj en un fondo de PE

Para entender las implicaciones, hay que entender el modelo.

Un fondo de private equity capta capital de inversores institucionales — fondos de pensiones, compañías de seguros, endowments universitarios — que se comprometen por un período que suele ser de diez años: cinco para invertir y cinco para gestionar y desinvertir. El gestor del fondo gana principalmente a través del carried interest: un porcentaje de los beneficios que solo cobra si vende las empresas con plusvalía.

Esto crea incentivos perfectamente racionales que, sin embargo, generan tensiones con el interés a largo plazo de la empresa participada.

Desglosemos lo que ocurre en práctica, año por año, en una inversión típica de PE:

Años 1-2: La luna de miel. El fondo acaba de invertir. Hay entusiasmo, hay planes de crecimiento, hay reuniones estratégicas. El equipo directivo recibe incentivos (stock options, bonus por EBITDA). Se habla de expansión, de nuevos mercados, de inversión en sistemas. Este período es genuinamente bueno para la empresa en muchos casos.

Años 3-4: El giro. El fondo empieza a preparar la salida. Las conversaciones cambian sutilmente. Las inversiones que tardarán más de dos años en generar retorno se aprueban con dificultad. El foco se desplaza hacia los KPIs que importan en una valoración: margen EBITDA, conversión de caja, ratios de deuda. Algunas inversiones en personas, tecnología o mercados nuevos se posponen porque “no habrá tiempo de verlas materializarse antes de la venta”. Los gastos que afectan al EBITDA a corto plazo se cuestionan más.

Año 5: La venta. El fondo contrata un banco de inversión. Se prepara el information memorandum. Comienzan las negociaciones. La empresa, que puede estar en plena ejecución de su plan estratégico, se convierte en un activo que hay que presentar ante compradores. El nuevo comprador puede ser otro fondo de PE (secundario), un competidor estratégico, o en los mejores casos, un inversor de largo plazo. Los empleados que llevan años en la empresa leen en prensa que su compañía está en venta. Los clientes más importantes reciben llamadas del equipo directivo que les explican que “hay un proceso en curso”.

La empresa puede salir de este proceso en buenas condiciones o en peores. Depende del fondo, de la empresa, del momento del ciclo. Pero la estructura del proceso es siempre la misma.

Lo que el empresario no ve cuando firma

Cuando un empresario firma con un fondo de PE, no suele pensar en el año cinco. Está pensando en el capital que entra, en el apoyo que prometieron, en el plan de crecimiento que acordaron. El año cinco parece muy lejos.

Pero hay consecuencias que se materializan mucho antes.

Los empleados lo saben antes que usted. El equipo directivo entiende los ciclos de PE. Cuando ven que el fondo empieza a “preparar la empresa”, muchos empiezan a buscar opciones. No porque el fondo sea malo, sino porque la incertidumbre sobre quién será el próximo dueño crea ansiedad real. En empresas de servicios — donde el capital humano es el activo principal — esto es especialmente dañino.

Los clientes lo perciben. En sectores con relaciones comerciales largas — industria, servicios profesionales, distribución — los clientes notan cuando sus interlocutores habituales empiezan a cambiar. Cuando el foco de la dirección se desplaza de operar al negocio a preparar una venta, se nota. No siempre, no siempre de forma dramática, pero se nota.

Las decisiones se deforman. Un equipo directivo que sabe que el fondo querrá vender en tres años toma decisiones diferentes. Prioriza lo que mejora el EBITDA a corto plazo. Pospone inversiones con retorno a largo plazo. Evita proyectos ambiciosos que podrían “complicar el proceso de venta”. Esto no es corrupción ni mala fe — es racionalidad dentro de los incentivos que el modelo crea.

El legado queda en manos del siguiente comprador. El empresario que vendió pensando que el fondo “cuidaría la empresa” descubre, cinco años después, que el fondo no tenía ese horizonte. El nuevo propietario — sea quien sea — puede tener intereses completamente distintos: fusión con un competidor, optimización agresiva de costes, relocalización de operaciones. El fondo cumplió con su mandato. Nadie prometió nada respecto al año diez.

El modelo sin reloj: qué cambia en la práctica

En Blue Mountain, invertimos capital familiar propio. No tenemos LPs a los que reportar trimestralmente. No tenemos que levantar el siguiente fondo. No existe ningún compromiso contractual que nos obligue a vender en un plazo determinado.

Esto no es marketing. Es la diferencia más estructural que existe entre nuestro modelo y el de un fondo.

¿Qué cambia en la práctica?

Las inversiones se evalúan con el horizonte correcto. Si una inversión en tecnología tarda cuatro años en dar fruto, la hacemos si tiene sentido estratégico. No existe el criterio de “¿veremos el retorno antes de la salida?”. La pregunta es simplemente: ¿es buena para la empresa?

El equipo directivo puede ejecutar planes reales. Un plan de expansión a cinco años no se convierte en un problema cuando el inversor tiene un horizonte de diez. Los planes se diseñan según la lógica del negocio, no según la lógica de una valoración futura.

La relación con el empresario es diferente. Muchos de los fundadores con los que trabajamos siguen vinculados a la empresa durante dos, tres o cuatro años tras la transacción — como consejeros, como embajadores, como referentes de cultura. Eso es posible porque no hay prisa. La transición se hace al ritmo correcto.

El mensaje a empleados y clientes es claro. “Blue Mountain ha invertido en nuestra empresa para el largo plazo” es un mensaje distinto a “el fondo de PE ha invertido en nuestra empresa”. Uno genera continuidad. El otro genera preguntas sobre cuándo será la próxima venta.

Cuándo el modelo de PE sí tiene sentido

Quiero ser explícito aquí porque la honestidad importa.

El modelo de PE es perfectamente adecuado — incluso óptimo — para ciertos tipos de empresas. Si tiene una empresa tecnológica con potencial de crecimiento exponencial que necesita capital agresivo para dominar un mercado en cinco años, el PE puede ser el mejor socio posible. El horizonte corto y el foco en la salida se alinean perfectamente con ese tipo de compañía.

Lo mismo aplica para empresas que necesitan una reestructuración rápida, o para fundadores que quieren maximizar el precio de venta en el plazo más corto posible y no tienen particular interés en qué ocurre después.

El problema es cuando se aplica el modelo de PE a empresas que no encajan en esa lógica: negocios de servicios con relaciones largas, empresas industriales donde la reputación se construye en décadas, compañías familiares donde la cultura es el activo más valioso. En esos casos, el reloj del PE crea tensiones que van contra los intereses de la propia empresa.

La pregunta que todo empresario debería hacer

Antes de firmar con cualquier inversor — PE o family office — hay una pregunta que vale más que cualquier análisis de valoración: ¿Cuándo planea salir y qué ocurrirá con la empresa cuando lo haga?

La respuesta de un buen fondo de PE será honesta: “Nuestro horizonte es cinco a siete años; nuestra intención es vender a otro fondo o a un comprador estratégico; el precio y el comprador dependerán de las condiciones de mercado en ese momento.”

La respuesta de un investor de capital permanente es diferente: “No tenemos horizonte de salida. Si la empresa funciona bien, seguiremos siendo socios indefinidamente. La desinversión ocurrirá solo si tiene sentido estratégico para las dos partes.”

Ninguna respuesta es objetivamente mejor. Pero sí que son respuestas muy distintas con consecuencias muy distintas para la empresa, los empleados y el legado que el empresario quiere preservar.

En Blue Mountain operamos con la segunda lógica. No porque seamos filántropos — somos inversores y necesitamos retornos — sino porque nuestra estructura de capital lo permite y porque creemos que las mejores empresas se construyen con horizontes largos, no con el ojo puesto en la siguiente subasta.

Si quiere entender mejor cómo trabajamos, puede leer sobre quiénes somos o explorar nuestra tesis de inversión directa. Y si quiere profundizar en las diferencias estructurales entre modelos, los artículos sobre diferencia entre family office y private equity, capital paciente como alternativa al private equity y el mito del private equity ofrecen distintos ángulos sobre la misma cuestión.

El reloj importa. Mucho más de lo que parece el día que firmas.

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