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Perspectiva Publicado el 5 de enero de 2023 8 min de lectura

Empresa familiar y segunda generación: por qué fracasa el 70%

Solo el 30% de las empresas familiares sobrevive al paso a la segunda generación. Analizamos las causas reales del fracaso — más allá de los tópicos — y las decisiones concretas que marcan la diferencia entre continuidad y desaparición.

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Dirk Manuel Martens Jiménez

Fundador, Blue Mountain Capital

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Dirk Manuel Martens Jiménez | | 8 min de lectura

La estadística es conocida y se repite en cada conferencia sobre empresa familiar: solo el 30% de las empresas familiares sobrevive a la segunda generación. A la tercera llega apenas un 13%. Son cifras que proceden de estudios del Family Business Institute y que se confirman con datos similares del Instituto de la Empresa Familiar en España.

Pero la estadística, por sí sola, no explica nada. La pregunta relevante no es cuántas fracasan sino por qué fracasan. Y después de más de quince años trabajando con empresas familiares españolas — como inversor, como socio, como consejero — he identificado patrones que se repiten con una consistencia casi predecible.

Las causas reales: más allá del tópico

La confusión entre propiedad y capacidad

El error más frecuente y más dañino es asumir que el hijo o la hija del fundador tiene capacidad para dirigir la empresa simplemente por ser su hijo o hija. La propiedad se hereda. La capacidad no.

He visto empresas rentables durante tres décadas destruir valor en menos de cinco años tras pasar a la segunda generación. No por mala fe del sucesor, sino por incompetencia genuina. El fundador había construido el negocio con un instinto comercial, una red de relaciones y una capacidad de decisión que no se transmiten por vía genética.

El problema se agrava cuando la familia confunde el deseo de continuidad con la aptitud real. Un hijo que ha crecido viendo a su padre dirigir la empresa no es, por ese mero hecho, un directivo competente. Puede serlo, pero necesita demostrarlo — preferiblemente fuera de la empresa familiar, en un entorno donde su apellido no le proteja.

La ausencia de gobierno corporativo

La primera generación gestiona con informalidad porque puede permitírselo. El fundador es a la vez accionista mayoritario, director general, director comercial y, en muchos casos, director financiero. Las decisiones se toman en su cabeza, se comunican por teléfono y se ejecutan al día siguiente. No hay consejo de administración real, no hay comité de dirección estructurado, no hay protocolo familiar.

Cuando la empresa pasa a la segunda generación, esa informalidad se convierte en un problema existencial. Con dos o tres hermanos como accionistas, cada uno con ideas distintas sobre la dirección de la empresa, sin mecanismos de gobierno que regulen la toma de decisiones, los conflictos son inevitables. Y los conflictos familiares no resueltos dentro de una empresa son letales.

En España, según datos del IEF, menos del 15% de las empresas familiares con facturación inferior a 50 millones de euros dispone de un protocolo familiar formalizado. Es decir, la inmensa mayoría de las empresas que van a enfrentar una sucesión generacional en la próxima década no tiene las reglas del juego definidas.

El síndrome del fundador omnipresente

Muchos fundadores dicen que quieren ceder el mando, pero su comportamiento contradice sus palabras. Siguen tomando las decisiones importantes, siguen teniendo la última palabra, siguen apareciendo por la oficina “para echar un vistazo”. El resultado es que la segunda generación no desarrolla la capacidad de decidir porque nunca decide realmente.

He visto fundadores que entregan formalmente la dirección a su hijo un lunes y llaman a los proveedores clave el martes para “asegurarse de que todo va bien”. Eso no es una sucesión. Es una ficción.

La sucesión efectiva requiere que el fundador se retire de verdad. No de un día para otro — puede haber un período de transición de 2 o 3 años —, pero el final del proceso debe ser inequívoco: el fundador deja de participar en la gestión operativa.

La división del patrimonio como división de la empresa

En familias con varios hijos, la tendencia natural es repartir la empresa a partes iguales. Es un reflejo del principio de equidad familiar, pero suele ser desastroso desde el punto de vista empresarial.

Tres hermanos con un 33% cada uno y visiones distintas sobre el futuro de la empresa son una receta para la parálisis. Uno quiere invertir en crecimiento, otro quiere maximizar dividendos y el tercero quiere vender. Sin un mecanismo claro de resolución de conflictos, la empresa se convierte en rehén de las dinámicas familiares.

La alternativa es separar el patrimonio de la gestión: definir quién dirige la empresa (basado en competencia, no en porcentaje accionarial), establecer una política de dividendos clara, crear mecanismos de salida para accionistas que quieran liquidar su participación y contemplar la posibilidad de que la empresa no sea divisible.

La resistencia al talento externo

La segunda generación hereda no solo la empresa sino también un equipo directivo que en muchos casos lleva décadas al lado del fundador. Estos directivos son leales, conocen el negocio y, en el mejor de los casos, son excelentes profesionales. Pero a veces no tienen las capacidades que la empresa necesita para su siguiente etapa de crecimiento.

El sucesor familiar que no se atreve a incorporar talento externo — por respeto a los veteranos, por miedo a generar conflicto, por inseguridad propia — condena a la empresa a gestionar el futuro con las herramientas del pasado. La profesionalización de la gestión no es un lujo para la segunda generación: es una condición de supervivencia.

Lo que funciona: patrones de éxito

Formación fuera de la empresa

Las sucesiones más exitosas que he observado comparten un patrón: el sucesor trabajó fuera de la empresa familiar durante al menos cinco años antes de incorporarse. Preferiblemente en otra empresa del sector, en un puesto de responsabilidad real, donde tuvo que ganarse su posición sin el amparo del apellido.

Esta experiencia externa cumple varias funciones: desarrolla competencias profesionales, genera confianza en las propias capacidades, aporta perspectiva sobre prácticas de gestión que la empresa familiar puede no conocer y, no menos importante, da credibilidad ante el equipo de la empresa cuando el sucesor finalmente se incorpora.

Protocolo familiar antes de la sucesión

El protocolo familiar no es un documento decorativo. Es un contrato entre los miembros de la familia que regula las reglas del juego: quién puede trabajar en la empresa y bajo qué condiciones, cómo se toman las decisiones de gobierno, cuál es la política de retribución y dividendos, qué mecanismos de resolución de conflictos existen y cómo puede un accionista familiar salir de la sociedad.

Lo ideal es elaborar el protocolo familiar cuando la relación entre los miembros de la familia es buena, no cuando ya hay un conflicto. Elaborarlo durante un conflicto es como negociar un acuerdo prematrimonial durante el divorcio.

Consejo de administración con independientes

La incorporación de consejeros independientes — profesionales con experiencia empresarial relevante, sin vínculos familiares ni dependencia económica de la empresa — transforma la gobernanza de la empresa familiar. Un buen consejero independiente aporta objetividad en las decisiones, experiencia en situaciones que la familia no ha vivido y, sobre todo, la capacidad de decir lo que nadie dentro de la familia se atreve a decir.

En nuestra experiencia, las empresas familiares que incorporan consejeros independientes antes de la sucesión tienen tasas de éxito significativamente superiores. No porque los consejeros gestionen la empresa, sino porque elevan la calidad de las decisiones y reducen el impacto de las dinámicas familiares en la toma de decisiones empresariales.

Separar patrimonio y gestión desde el principio

La segunda generación tiene que aceptar una realidad incómoda: no todos los hijos deben trabajar en la empresa. Ni siquiera todos los hijos que quieren trabajar en la empresa deben hacerlo. La empresa necesita los mejores profesionales disponibles, sean o no familia.

Lo que sí puede hacer la familia es participar en la propiedad y el gobierno de la empresa a través de estructuras como un holding familiar, un consejo de familia o una oficina familiar que gestione el patrimonio global, incluyendo la participación en la empresa pero también otros activos.

El papel del socio externo

Existe una alternativa que muchos empresarios no consideran: incorporar un socio externo — un family office, un inversor industrial o un fondo de capital paciente — que aporte no solo capital sino también estructura, disciplina de gestión y experiencia en transiciones generacionales.

El socio externo no sustituye a la familia en la propiedad ni en la visión de largo plazo. Pero puede ser el catalizador que profesionalice la gestión, establezca el gobierno corporativo necesario y facilite una transición que la familia, por sus propias dinámicas, no es capaz de ejecutar sola.

En Blue Mountain, hemos participado en varias operaciones donde nuestra entrada como socio mayoritario se produjo precisamente en el momento de la transición generacional. En todos los casos, la clave del éxito fue alinear los intereses de la familia con los del inversor: preservar el legado del fundador, profesionalizar la gestión, respetar a los empleados y generar crecimiento sostenible.

Conclusión

La estadística del 70% de fracaso no es una sentencia. Es una advertencia. Las empresas familiares que planifican la sucesión con antelación, que separan la propiedad de la gestión, que profesionalizan su gobierno corporativo y que tienen la honestidad de evaluar la capacidad real de sus sucesores, sobreviven y prosperan.

La segunda generación no fracasa porque sea menos capaz que la primera. Fracasa cuando hereda una empresa sin las herramientas necesarias para gestionarla, sin las reglas necesarias para gobernarla y sin el coraje necesario para pedir ayuda.

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Dirk Manuel Martens Jiménez Fundador, Blue Mountain Capital

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Dirk Manuel Martens Jiménez

Fundador de Blue Mountain

Más de 15 años invirtiendo en empresas españolas con capital paciente. Especialista en sucesión empresarial, gobierno corporativo e inversión en middle-market.

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