Saltar al contenido
Volver a perspectivas
Informes de mercado Publicado el 15 de febrero de 2023 6 min de lectura

La empresa familiar española: radiografía de un sector

Las empresas familiares representan el 89% del tejido empresarial español y generan más del 60% del empleo privado. Analizamos sus fortalezas, debilidades y el reto sucesorio que se avecina.

BM

Blue Mountain Capital

Blue Mountain Capital

Compartir
Blue Mountain Capital | | 6 min de lectura

Cuando hablamos de la economía española, tendemos a pensar en grandes corporaciones del IBEX 35, en bancos, en constructoras, en telecomunicaciones. Sin embargo, la verdadera columna vertebral de la economía productiva española es otra: la empresa familiar.

Los números

Las cifras son contundentes. Según el Instituto de la Empresa Familiar (IEF), las empresas familiares representan el 89% del total de empresas españolas. Generan aproximadamente el 67% del empleo privado y contribuyen con cerca del 57% del PIB del sector privado. Son, por cualquier métrica que elijamos, el motor de la economía.

Pero más allá de los grandes números, lo que define a la empresa familiar española es su distribución. No estamos hablando solo de los grandes grupos familiares que aparecen en las listas de Forbes — Mercadona, Inditex en sus orígenes, El Corte Inglés. Estamos hablando de miles de empresas que facturan entre 5 y 100 millones de euros, que emplean entre 50 y 500 personas, que operan en sectores tan diversos como la logística, la hostelería, la manufactura, los servicios industriales o la alimentación.

Estas empresas comparten un patrón de fundación remarkablemente consistente. La mayoría fueron creadas entre 1975 y 1995, durante el periodo de expansión económica que siguió a la Transición. Sus fundadores — en su mayoría hombres, nacidos entre 1945 y 1965 — aprovecharon las oportunidades de un mercado en crecimiento para construir negocios que hoy son referentes en sus sectores y territorios.

Las fortalezas

La empresa familiar española tiene fortalezas que no se encuentran fácilmente en otros modelos empresariales.

Resiliencia. Estas empresas han sobrevivido a la crisis de 1993, a la burbuja y crisis de 2008, a la pandemia de 2020 y a la crisis inflacionaria posterior. Lo han hecho, en muchos casos, sin recurrir a capital externo, reduciendo costes, reinvirtiendo beneficios y manteniendo relaciones de largo plazo con clientes y proveedores.

Conocimiento profundo del mercado. Un fundador que lleva treinta años en su sector conoce a cada cliente importante, a cada competidor, a cada proveedor. Ese conocimiento tácito es una ventaja competitiva que ningún análisis de McKinsey puede replicar.

Compromiso con el empleo y el territorio. La empresa familiar está arraigada en su comunidad. El fundador vive en la misma ciudad donde opera su fábrica o su central logística. Los empleados son vecinos, conocidos, a veces familiares. Esto crea un nivel de compromiso mutuo que se traduce en menor rotación, mayor lealtad y una cultura de empresa difícil de construir artificialmente.

Visión a largo plazo. Sin la presión de reportar resultados trimestrales a analistas de Wall Street, la empresa familiar puede tomar decisiones con horizonte largo. Puede invertir en proyectos que tardarán años en generar retorno. Puede priorizar la solidez financiera sobre el crecimiento a toda costa.

Las debilidades

Junto a esas fortalezas, la empresa familiar española presenta debilidades que, de no abordarse, pueden convertirse en amenazas existenciales.

Profesionalización insuficiente. En muchas empresas familiares, el fundador es el director general, el director financiero, el director comercial y el responsable de operaciones, todo en una persona. Cuando la empresa crece por encima de cierto umbral — típicamente 15-20 millones de facturación — esa concentración de funciones se convierte en un cuello de botella. La empresa necesita un equipo directivo profesional, pero incorporarlo requiere un cambio cultural que no siempre es fácil.

Gobierno corporativo débil. Muchas pymes familiares no tienen consejo de administración funcional, ni protocolo familiar, ni procesos formalizados de toma de decisiones. Las decisiones las toma el fundador, a menudo sin consultar a nadie. Esto funciona mientras el fundador esté activo y lúcido, pero crea una vulnerabilidad enorme ante cualquier contingencia.

Aversión al capital externo. El empresario familiar español es, por tradición y por cultura, reticente a compartir la propiedad de su empresa. “Mi empresa la he hecho yo solo” es una frase que escucho con frecuencia. Esa independencia ha sido una fortaleza, pero puede convertirse en una trampa cuando la empresa necesita capital para crecer, para diversificar o para afrontar una sucesión.

Planificación sucesoria tardía. Según un estudio de KPMG, solo el 31% de las empresas familiares españolas tiene un plan de sucesión formalizado. La mayoría posterga esta conversación hasta que es inevitable — cuando el fundador enferma, cuando cumple 70 años, cuando un hijo comunica que no quiere hacerse cargo. Para entonces, las opciones son más limitadas y las decisiones se toman bajo presión.

El reto sucesorio

El reto más importante que enfrenta la empresa familiar española en esta década es la sucesión. Los fundadores de la generación de 1945-1965 tienen hoy entre 58 y 78 años. Según estimaciones del Banco de España, cerca de 200.000 empresas se enfrentarán a un proceso sucesorio en los próximos diez años.

Las opciones son limitadas.

Sucesión familiar. El escenario ideal, pero cada vez menos frecuente. Los hijos de los fundadores a menudo tienen carreras profesionales propias, viven en otras ciudades o simplemente no quieren asumir la responsabilidad de dirigir la empresa familiar. Según el IEF, solo el 30% de las empresas familiares españolas sobrevive a la segunda generación y apenas el 9% llega a la tercera.

Venta a un competidor. Frecuente, pero arriesgada. El competidor compra la empresa para su base de clientes o sus activos, y a menudo la integra — o la desmantela. El empleo puede reducirse drásticamente. El legado del fundador se diluye.

Venta a un fondo de inversión. El fondo aporta capital y profesionalización, pero con un horizonte temporal limitado. El empresario puede sentir que ha perdido el control sin ganar un socio de verdad.

Cierre. La opción que nadie quiere, pero que es más frecuente de lo que pensamos. Cuando no hay sucesor, no hay comprador adecuado y el empresario se cansa, simplemente se echa el cierre. Miles de puestos de trabajo se pierden. Décadas de valor empresarial se evaporan.

Dónde entra el capital paciente

Existe una quinta opción que, aunque menos conocida, es la que mejor se adapta a las necesidades de muchas empresas familiares: la entrada de un socio de capital paciente que asuma la gestión o la acompañe.

Este modelo permite al empresario monetizar su esfuerzo de décadas sin destruir lo que ha construido. Permite a la empresa acceder a capital y a capacidad de gestión profesional. Y permite a los empleados, proveedores y clientes tener continuidad.

En Blue Mountain, este es nuestro modelo. Cada empresa que entra en nuestra cartera tiene un plan específico: quién va a gestionarla, cómo se va a profesionalizar, qué inversiones necesita, cuáles son los KPIs de seguimiento. No compramos empresas para dejarlas en piloto automático. Las compramos para hacerlas mejores.

La empresa familiar española merece un futuro mejor que el cierre o la desmembración. Nuestro compromiso es ofrecerle ese futuro.

Si quiere saber cómo aplica esto a su caso concreto, contacte con nosotros.

Dirk Manuel Martens Jiménez Fundador, Blue Mountain Capital

Compartir este articulo

Estamos a su disposición

Si desea explorar una posible colaboración o trasladarnos una oportunidad de inversión, le invitamos a ponerse en contacto con nosotros. Garantizamos absoluta confidencialidad en todas nuestras conversaciones.